domingo, 15 de marzo de 2015

Witold Glinski, fugado de un gulag

En el año 2010 se estrenaba la película Camino a la libertad, dirigida por Peter Weir e interpretada entre otros por Colin Farrell y Ed Harris. En ella, se relata la fuga de unos prisioneros de un gulag soviético, en los años de la II Guerra Mundial. La película está basada en el libro (1955) La larga marcha, escrito en primera persona por el polaco Slawomir Rawicz, prisionero de guerra polaco en un gulag. Sin embargo, investigaciones realizadas por la BBC en 2006 demostraron que la historia de Rawicz era falsa, y diferentes documentos encontrados certificaban que, en realidad, fue puesto en libertad por los soviéticos. Para enredar más las cosas, en el año 2009 un antiguo soldado polaco, Witold Glinski, afirmó ser el protagonista del libro de Rawicz. Existen también declaraciones de soldados hindúes que afirmaban haber rescatado a prisioneros fugados de gulags y después de atravesar el Himalaya. Por tanto, la conclusión es que sí hubo prisioneros que huyeron de los gulags pero sigue estando en duda su verdadera identidad.
Se considera la versión de Glinski como la más fiable, y a ella me voy a ceñir, con las debidas reservas. 

 Witold Glinski

Witold Glinski era un adolescente polaco que vivía en la ciudad fronteriza de Glebokie cuando su país fue invadido por la Unión Soviética en 1939. Recordemos que para esa época los soviéticos eran aliados de Hitler. Fue arrestado junto a toda su familia y luego separado de sus padres. Lo acusaban de hacer espionaje para el enemigo y lo llevaron a la prisión de Lubianka en Moscú, y con apenas 17 años de edad fue condenado a 25 años de trabajos forzados en un gulag de Siberia. Para Witold a su corta edad esta sentencia era prácticamente una pena de muerte y él lo sabía. Había escuchado sobre las terribles condiciones de trabajo en aquellos campos de los cuales nadie salía vivo, tenía muy claro que sólo podría esperar la muerte o intentar escapar. Con este sombrío panorama Witold comenzó a planear su fuga en febrero de 1941 cuando fue trasladado al Campo de trabajos forzados 303 de Irkutsk, ubicado 400 millas al sur del Círculo Polar.
Desde el mismo momento en el que puso los pies en el nevado terreno de Siberia, el joven polaco aprovechó su inteligencia para memorizar mapas y entablar relaciones de cierta confianza con los guardianes del campo. Del mismo modo, Witold Glinski supo esperar pacientemente a que se dieran las condiciones ideales para su fuga, que se produjo el 9 de abril de 1.941 en medio de una intensa tormenta de nieve.

 Valla similar a la que tuvieron que atravesar

Perfectamente consciente de que los guardias soviéticos no iban a abandonar sus barracones en medio de una ventisca como aquella, Witold corrió hacia la alambrada que marcaba los límites del campo aprovechando que la copiosa nevada cubría sus huellas. Una vez allí cavó rápidamente un pequeño túnel y se introdujo por debajo del alambre de espino para después correr hacia el bosque. Lo que nuestro protagonista no había tenido en cuenta era que, pese a que los guardias no habían advertido sus movimientos, otros presos sí que lo habían hecho y le habían seguido colándose por su túnel. Lo que un principio se había planeado como la fuga de un sólo hombre se transformó en cuestión de minutos en la carrera contra la muerte de siete prisioneros casi sin comida y nefastamente pertrechados. 
Durante dos noches corrieron a campo traviesa sin pausa y se escondían durante el día para comer y tratar de dormir algo. No había señales de persecución, la nieve había cubierto sus huellas, y hasta aquí, la elección de la ruta de escape hacia el sur parecía ser la correcta.
Los siete fugitivos establecieron un sistema de caminata. Un hombre iba al frente abriendo el sendero por el bosque, y dos al final del grupo iban borrando las huellas con ramas de pino.
La primera vez que se sintieron a salvo y realmente pudieron descansar fue luego de cruzar el Río Lena, y fue también ahí donde probaron el primer alimento fresco después de nueve días, un pez que capturaron a través de un hueco sobre el hielo.




 Imágenes de gulags siberianos

Casi no se conocían entre ellos. Smith era un misterioso estadounidense que había estado trabajando como ingeniero en Moscú, cuando fue detenido. Batko era ucraniano, buscado por asesinato en su país natal, musculoso y decidido; siempre actuaba con fiereza. Zaro era propietario de una cafetería en Yugoslavia y los otros tres eran soldados polacos. Se dieron cuenta que para sobrevivir dependían los unos de los otros, y Witold se hizo cargo del grupo. Como creció en una zona rural de su país, había aprendido qué plantas y hongos eran comestibles, tenía conocimientos de pesca y sabía algo de cazar animales con trampas. Cierto día encontraron un venado atrapado en una quebrada. Esto les proveyó de comida durante varios días y con su piel se inventaron unos rudimentarios calzados porque ya no soportaban el dolor producido por las botas que les dieron en prisión.
Días antes de llegar a la frontera con China les ocurrió un suceso que todavía se mantiene vivo en la memoria de Witold. En medio del camino encontraron a una aterrorizada joven polaca de 18 años llamada Kristina Polansk, que había huido descalza por el bosque. Estaba escapando de los rusos que habían matado a su familia y tratado de violarla.
"Estaba muy sola y angustiada y cuando inspeccioné su pie supe enseguida que tenía gangrena", dice Witold. "Yo no quería cargar con una niña enferma, pero ¿qué podía hacer?.
"Hice mocasines para ella con el resto de la piel de venado, y la llevé en una camilla de palos con hierba seca".
"Pero cada día se puso peor. Su pierna se volvió negra y la piel se hinchó y estalló, fue terrible de ver ". Cruzaron la línea de ferrocarril transiberiano, y Kristina lo hizo asolada por la fiebre. Apretó cada una de las manos de los hombres, y luego cerró los ojos y murió.
Poco a poco, los campos y los bosques dieron paso a las dunas de arena y rocas desnudas, y los fugitivos llegaron a su prueba más dura, un desierto de Gobi sofocante con temperaturas de 40 ° C durante el día, frío terrible por la noche, y devastadorass tormentas de polvo.
"Caminamos en la oscuridad, y al abrigo del sol bajo nuestras ropas harapientas apoyado en palos", dice Witold. "Los lobos y chacales daban vueltas a nuestro alrededor".
"Conseguíamos agua chupando la escarcha de las piedras en la madrugada. Teníamos tanta sed que incluso bebimos nuestro propio sudor, y algunos bebimos nuestra orina".
"Estábamos desesperados. Todas las actividades durante el día se centraban en conseguir algo para comer. Había un montón de serpientes, de hasta un metro de largo, que también terminamos comiendo".
El primero en morir fue uno de los soldado polacos. Witold reconoció los signos de escorbuto en dos de ellos. "Caminaron cada vez más despacio, sus piernas se hincharon y podían sacar sus cientes con los dedos". Murieron en el mismo día, el segundo mientras enterraban al primero.
A medida que avanzaban por el Tíbet y el Himalaya, ayudaron en algunas granjas a cambio de comida y alojamiento. Pero en la subida, pereció otro de los soldados polacos, cuando estaban en una repisa que se derrumbó bajo él.

Ruta aproximada hacia la libertad
 
En las últimas dos semanas de su marcha, Witold había enfermado y estaba muy débil, y solamente puede recordar retazos de imágenes.
Un guía local los llevó a través de las montañas, a lo largo de caminos tan estrechos que tuvieron que ir de lado, por un paso que conducía a la zona que hoy es Bangladesh.
Witold puede recordar una empinada pista polvorienta, un vehículo militar que se acerca, y luego los uniformados, armados con cuchillos y de temible aspecto. "Me dije a mí mismo: 'Este es el fin" Entonces me di cuenta de que estos hombres estaban bien vestidos y bien disciplinado, definitivamente no eran rusos ".
De hecho, eran los Gurkhas, esperando con una bienvenida muy británica: una jarra de té y un plato de sandwiches de pepino. Después fueron trasladados a un hospital de Calcuta.
El largo camino había terminado. La mayor fuga había concluido, después de 11 meses de caminata y 4.000 km recorridos. Para hacernos una idea, es superior a la distancia entre Madrid y Moscú.
No fue el fin de la guerra de Witold, sin embargo. Cuando llegó a Gran Bretaña, se alistó en las fuerzas polacas que sirvieron en el D-Day y fue herido por la metralla.
De regreso a la vida civil conoció y se casó con Joyce y se convirtió en un trabajador de la construcción.
Fuentes:
Wikipedia
www.sentadofrentealmundo.com
www.mirror.co.uk
 
 

domingo, 8 de febrero de 2015

William Schmidt, monumento a la tozudez

Una buena idea en principio, pensada para facilitar el trabajo, se puede convertir en una enfermiza obsesión, hasta el punto de convertirse en un fin en sí misma y olvidar que en realidad era un medio, una herramienta para conseguir un objetivo. Cuando la tozudez se mezcla con la avaricia fabrica historias para la memoria. William Schmidt, alias “el burro”, era un minero seducido por la fiebre del oro que emigró con lo puesto al desierto de Mojave en busca de fortuna. La codicia y el miedo a los robos por compartir rutas con otros aventureros le llevaron a cavar, él solo, un pasadizo en la montaña directo a la fundición comunal. 38 años tardó en horadar , en secreto, 800 metros de una galería que se convirtió en monumento a la intrepidez amén de legado para generaciones incrédulas.

 Entrada del túnel

William Henry Schmidt nació en Woonsocket, Rhode Island, en enero de 1871. Con tan solo 24 años contrajo la misma tuberculosis que había matado a seis de sus hermanos. El médico le echó un semestre más de vida si no cambiaba de aires lo antes posible. Por ello, decidió aventurarse al Gran Desierto de California buscando bajas humedades y nuevos aires como excusa para conquistar su ‘Dorado’ particular.
A finales del siglo XIX Schmidt se encontraba trabajando para la Kern County Land Co. en Bakersfield, California. Una de las grandes corporaciones de suelo y minas que explotaban el hierro de la zona. Al principio, la enfermedad de Schmidt traducía en ineficacia su rentabilidad en el trabajo. Poco a poco, la sequedad del ambiente fue moderando su tuberculosis y le permitió desvincularse del trabajo por cuenta ajena para alimentar su particular fiebre dorada. 
En 1906, durante su estancia en la Kern, Schmidt descubrió varios yacimientos auríferos en la "Copper Mountain", un macizo de 3.750 metros de altura máxima situado en Summit County, Colorado. Después de solicitar los respectivos permisos de explotación personales se trasladó, con lo puesto, a la cercana localidad de Garlock, en la montaña negra de “El Paso” (California) para establecer el campamento base de su atrevida empresa. Era el último pueblo antes de alcanzar la soledad, 32 kilómetros más arriba.


 Cabaña a la entrada del túnel

Para llegar a su yacimiento tenía que atravesar un estrecho desfiladero (‘Last Chance Canyon‘ o Cañón de la última oportunidad) sólo apto para personas y animales de carga. Schmidt adoptó dos burros abandonados (de ahí su apodo) que fueron su única compañía durante muchos años.  Schmidt amaba la soledad, y no le importaba trabajar y vivir en el infierno si con ello podía anhelar riquezas antes soñadas pero nunca vistas.
La minería del oro era una labor muy solitaria e ingrata, con suma competencia y de requerimientos muy obstinados. Una vez evaluado en el desierto el yacimiento y sus posibilidades (normalmente en localizaciones inhóspitas) lo importante era calibrar las rutas de abastecimiento de agua y provisiones y el camino más corto a la fundición y a los compradores de mercancía. El problema era que Schmidt se hallaba a más de 30 (duros) kilómetros de núcleo habitado. Distancia insalvable con periodicidad. Pero la acumulación de pepitas y enseres no era recomendable por los continuos asaltos y pillaje que reinaba en las cuencas de explotación. 

 Schmidt a la puerta de su cabaña

Por ello el Burro Schmidt, después de asentarse en su filón durante dos años en los cuales construyó una mini cabaña (1902) con maderas secas y retales mineros; decidió tomar un atajo en su ruta hacia el destino. ¿Por qué no trazar, en secreto, un túnel directo hasta el otro lado de la montaña evitando el peligroso desfiladero?
La excavación comenzó, con apenas un par de martillos y un viejo pico, en 1900 cuando Schmidt contaba ya con 29 años y se prolongó durante 38 años hasta mediados de 1938 (66 años). Jack y Jenny (los burros) fueron sus únicos compañeros durante años pero, debido a su pésimo estado, ni siquiera colaboraron con la extracción de escombros, siendo estos sacados en su totalidad por el único ‘Burro’ que quedaba.
El túnel tenía (y tiene)  una altura de 1,80 metros y su con una anchura de hasta 5 metros (en algún tramo) para una longitud total de casi 800 metros. Al final la altura del túnel es menor conforme las fuerzas y la columna de su escultor iban decayendo por la edad. Recto en su totalidad amén de un par de codos al final como buscando desesperadamente la salida. No necesitaba apeos de madera pues estaba excavado en roca pura.  La dureza extrema de sus paredes requería de dinamita para poder horadarlas en condiciones. Schmidt sacrificó parte de sus rendimientos en el avituallamiento de explosivos, pero éstos escaseaban y nunca fueron suficientes para reventar la roca con garantías. Cuentan sus legatarios que, conforme el túnel era más profundo, las explosiones eran cada vez más peligrosas porque solían pillar a Schmidt dentro de la galería, incapaz (por las cortas mechas) de correr lo suficiente para escapar de la onda expansiva.
Conforme pasaba el tiempo la empresa de atravesar la montaña se transformó en una obsesión. Dedicaba más tiempo a la galería que a la extracción del oro. El empeño de Burro Schmidt por abrir a la luz el otro extremo del pasadizo era sólo comparable al tamaño de su soledad y su iniciativa, por incomprendida, ayudó a forjar la leyenda.  La temperatura constante en el interior  (unos 22ºC ) convertían el túnel en el mejor de los refugios frente a las duras condiciones del desierto (50º C) y Schmidt acostumbraba a vivir y pernoctar, pico en mano, en el extremo más profundo de su obra.

Schmidt e interior del túnel

‘Burro’ Schmidt se perdió, durante su encierro, la Primera Guerra Mundial , la gran caída de la bolsa y la posterior depresión. Su desgracia y desdicha fue la llegada, en 1930, del ferrocarril para cubrir por el cañón la ruta que él mismo pretendía salvar con su túnel. Incomprensiblemente y herido en su orgullo  ‘Burro’ Schmidt continuó 8 años más hasta ver culminado su sueño.
Calculando volumétricamente y a posteriori la cantidad de roca extraída de la galería; los investigadores han concluido que ‘Burro’ Schmidt extrajo en total 5.800 toneladas de piedras; unos 450 kilogramos al día, de media,  durante los 38 años que duró tan singular desafío. Más de 70.000 horas de trabajos forzados.
‘Burro’ Schmidt murió en enero de 1954 con 83 años e inconsciente de su hazaña. Su cabaña y el túnel (en medio de la nada) se conservan intactos.  Cerca  de la intacta cabaña que construyó Schmidt,  se pueden observar los destartalados instrumentos de hace más de 70 años mezclados con revistas modernas y viejos papeles  que forran las paredes protegiendo del mismo calor que sufrió en su día el señor William Henry Schmidt alias “El burro”.
Conocí esta historia hace muchos años. Para escribirla, he recurrido una vez más a la página www.kurioso.es, de donde la he copiado prácticamente literal.


domingo, 25 de enero de 2015

Klavdia Novikova, amor y sacrificio

Esta historia comienza durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el ciudadano japonés Yasaburo Hachiya y su esposa Hisako huyeron del país y se establecieron en Corea, donde tuvieron dos hijos.

 Yasaburo e Hisako

En agosto de 1945, terminada la guerra en Europa y tras la Conferencia de Yalta, Stalin declara la guerra a Japón, invadiendo Manchuria, Corea y las islas Kuriles.  Como sucediera a otros muchos japoneses, Yasaburo fue acusado de espionaje y enviado a un terrible gulag en el extremo oriental de Siberia, en Magadan,  con una condena de 10 años.
Mientras tanto, la ciudadana rusa Klavdia Novikova cumplía también condena de 10 años en el gulag por "robo de la propiedad socialista" eufemismo de lo que era simplemente robar para comer. Una vez puesta en libertad, se encontró con que su marido le había abandonado y formado una nueva familia.  
A su vez, Yasaburo recobró la libertad pero un terrible error administrativo, (no estaba en la lista de los prisioneros japoneses que debían ser devueltos a casa) hizo que tuviera que permanecer en la Unión Soviética. Estando seguro, además, de que su esposa e hijos habían muerto, y temeroso del recibimiento en su país después de tantos años, se convirtió en ciudadano soviético con el nombre de Yasha Ivanovich. 
Como declararía Klavdia: "nos conocimos en la región de Bryansk, en un campamento de reasentamiento. Vi a Yasha con su rostro no ruso, delgado, y con una tristeza en su mirada que me dolía el corazón de compasión".
No comenzaron una relación de inmediato, sobre todo por las reticencias de Klavdia de emparejarse con un exprisionero acusado de espionaje antisoviético. Se estableció por ello en el pequeño pueblo de Progreso, en el extremo oriental de Rusia. Pero Yasha no se desanimó, e inició su camino a través de seis husos horarios para juntarse con ella. Klavdia cedería al fin, y se casaron para iniciar una feliz vida en común. "No había hombres como mi Yasha", se jactaba, "las mujeres del lugar me envidiaban por tener un marido que ni fumaba ni bebía". Yasha trabajaba de barbero y fotógrafo, a la vez que practicaba la acupuntura. Además, tenían un pequeño huerto. Vivían modestamente, pero felices a pesar de no tener hijos. 

 Klavdia y Yasaburo en Rusia

Pero llegó el derrumbe de la Unión Soviética, con lo que supuso de apertura al exterior. Un vecino de la pareja, comentó a sus socios japoneses sobre un paisano que vivía perdido en el este de Rusia y que había sobrevivido al gulag estalinista. A estos hombres de negocios les pareció curiosa la historia y se pusieron a investigar hasta que encontraron al hermano de Yasaburo y los pusieron en contacto.  Se le derrumbó el mundo cuando su hermano le informó que su esposa Hisako y su hija Kumiko habían sobrevivido y vivían en Japón, mientras que su hijo había fallecido en Corea. Después de 50 años, Hisako seguía esperando a su marido. A la vuelta de Corea, había trabajado de enfermera y construido una casa en la que esperaba a Yasaburo.
Su hermano y su hija Kumiko, de 51 años, viajaron a Rusia para intentar persuadirle de que regresara a casa. El en un principio se negó, "no puedo salir, eres todo para mi", dijo a Klavdia. Pero su esposa rusa decidió por él. Con los pocos ahorros de que disponían, compró un pasaporte y se divorció de su marido, a fin de que pudiera cobrar una pensión en Japón y recibir la atención médica que su delicado estado de salud requería. 
En marzo de 1997, dijo adiós a su amado esposo, imaginando que nunca volvería a verlo, pero con la sensación de haber hecho lo correcto. "Su esposa necesitaba abrazarlo de nuevo y su hija necesitaba un padre […] Cuando le dejé ir, sentí que me habían arrancado la mitad de mi corazón. La culpa no fue de nadie, sólo el destino. Él había sufrido mucho y merecía unas mejores condiciones de vida en su tierra natal".

Yasaburo e Hisako, de nuevo juntos
 
Yasaburo envió constantemente pequeños regalos de Japón. Todos los sábados, le llamaba y suplicaba que lo visitara. La historia de la pareja se hizo muy conocida en Japón. Un famoso escritor escribió un libro sobre ella, y  fue llevada al cine. Los residentes de la prefectura Tattori, un suburbio de Tokio, recaudaron dinero para el  viaje de Klavdia a Japón. Por fin, las dos esposas de Yasaburo se conocieron. Se abrazaron y lloraron, sin necesidad de traductor para entender las profundas emociones de cada una. Hubo otro viaje más de Klavdia, y cuando Hisako falleció, él le rogó que se trasladase a Japón. Ella se negó, insistiendo en que sus necesidades eran modestas y debía vivir en su patria rusa.



 Klavdia y Yasaburo hablando en la distancia

El pasado mes de septiembre de 2014, Klavdia falleció. Poco después, una conmovedora carta llegó a Progreso:
"Klavdia, me enteré de tu fallecimiento, y el dolor me vence. Traté de llamarte el 30 de Agosto, día de mi 96 cumpleaños, pero no tuve éxito. En los más de 40 años que viví contigo en Rusia, siempre estuviste conmigo, siempre me apoyaste. Gracias por todo.
Tuve la oportunidad de regresar a Japón solo por tus esfuerzos y estoy inmensamente agradecido por ello. Si estuviera en mi poder, iría corriendo hacia ti y te abrazaría fuertemente a mi corazón. Pero ahora estoy impotente. Descansa en paz, querida Klavdia. Tu Yasaburo".
Conocí esta historia en la estupenda página www.historiasdelahistoria.com. Para documentarme, he utilizado un artículo de la página www.siberiantimes.com (con traductor, of course). 


 

domingo, 18 de enero de 2015

René Belbenoit, el verdadero Papillon

A lo largo de la historia, el ser humano ha destacado por su refinada capacidad para crear campos de exterminio para sus semejantes. Sin remontarnos mucho en el tiempo, los campos de concentración nazis, los gulags estalinistas, los campos de reeducación de los jemeres rojos constituyen buenos ejemplos. En el siglo XIX, Napoleón Bonaparte consideró una buena idea deportar a sus adversarios a la Guayana Francesa. Para ello, mandó construir un penal en una de las islas de la Salvación, concretamente en la más pequeña de ellas, la isla del Diablo. Durante casi un siglo, hasta que en 1952 fueron cerradas las cárceles de la Guayana, 80.000 presos franceses fueron desterrados a las islas, pereciendo la mayoría de ellos por las insalubres condiciones de vida, las enfermedades y, los que intentaran escapar, las aguas infestadas de tiburones. El criterio para ser enviado era simple: acumular tres sentencias de tres meses cada una.

La isla del diablo


En 1969 fue publicado el libro Papillon, de Henri Charrière, que describe supuestamente la vida del autor en la isla del Diablo y su posterior fuga. Tanto el libro como la posterior película protagonizada por Dustin Hoffman y Steve McQueen alcanzaron un gran éxito. Pero he escrito supuestamente porque, según todos los indicios, la mayor parte del libro es totalmente falsa, y aunque es cierto que Henri Charrière estuvo en la isla del Diablo, se basó en experiencias de otros presos para escribir su relato y de hecho, nunca se fugó del penal.
Sí hubo un deportado que vivió en primera persona todos los horrores descritos en la novela, y que consiguió escapar del tormento: René Belbenoit. Para introducirnos en el personaje, basta con leer lo que de él comentaba William La Varre, miembro de la Real Sociedad Geográfica de Nueva York en la Navidad de 1937:
"A la isla de la Trinidad había llegado una canoa india anegada por el agua, en la que viajaban seis franceses muertos de hambre y semiahogados, fugitivos que, después de diecisiete días en el agitado mar, habían logrado escapar de la isla del Diablo y de la colonia penal de la Guayana Francesa. Cinco de ellos eran altos, tremendamente robustos. Eran gente de fuerza bruta, vida bruta y mentalidad bruta. En contraste, el sexto hombre era asombrosamente pequeño, medía menos de un metro cuarenta, muy delgado, su peso estaba por debajo de los cuarenta y dos kilos. Pero tenía fuego en los ojos, fuego alimentado, como iba yo a saberlo más tarde, por quince años de vivir la muerte, por cuatro intentos de fuga previos y ahora por una decisión casi fanática de tener éxito en el quinto o morir. Su única posesión era un paquete envuelto en hule que contenía más de catorce kilos de manuscritos de apretada letra; el informe de quince años de vida en la colonia carcelaria; el más asombroso documento de biografía, de crimen y castigo que yo haya visto jamás".


Pero, ¿quien era en realidad René Belbenoit?. Nacido en París en 1899, a los tres meses un suceso condicionaría su vida: su madre le abandonó para trabajar como preceptora de los hijos del Zar en la corte rusa. Su padre, ferroviario que durante cuatro días a la semana prestaba sus servicios en el tren París/Orleans, confió el niño a sus abuelos. La muerte de estos hizo que la custodia recayera en un tío suyo que se trasladó a París a regentar el night club Café du Rat Morte, situado en la Place Pigalle. Allí René trabajaría como mensajero, y se daría cuenta que en apenas una noche ganaba mucho más dinero que su padre en todo un mes. A partir de los quince años, dejó definitivamente los estudios y se implicó también en las apuestas de las carreras de caballos. Iba y venía con grandes sumas de dinero para cubrir las apuestas y repartir dividendos, hasta que en una ocasión la tentación pudo más y se quedó con una fuerte suma de francos. Perdió su empleo el mismo día que estalló la primera guerra mundial. Completamente abandonado por todos, encontró una salida: enrolarse en el ejército. 
Ya de nuevo en la vida civil, se enamoró perdidamente de una muchacha, con la que intentó reorientar su vida, pero la desgracia le perseguía: dos nuevos robos le llevaron de nuevo ante el juez, quien le condenó a varios años de trabajos forzados en la isla del Diablo. De su experiencia en tan nefasto lugar logró extraer el legajo de papeles escritos de catorce kilos que nos describía William La Varre, que arrastraría consigo hasta alcanzar la libertad en los Estados Unidos.


Belbenoit consiguió escapar en marzo de 1935, y hasta 1937 no conseguiría llegar a Estados Unidos. En el camino, vivió siete meses con la tribu kuna de Panamá, llegó a El Salvador y escondido en un barco, arribó a Los Angeles. 
Su libro, Guillotina Seca, fue publicado en 1938. El gobierno francés prohibió la publicación del manuscrito porque la obra se erige en una formidable acusación contra las monstruosidades del sistema carcelario. Durante el período de la Segunda Guerra Mundial, también Gran Bretaña y Estados Unidos prohibieron la publicación del libro, en solidaridad con Francia. La expresión Guillotina Seca hacía referencia a la isla del Diablo, porque mata sin hacer brotar sangre.

Una página del manuscrito de Guillotina Seca
 
El libro atrajo la atención del departamente de Inmigración de los EE.UU. y fue arrestado. Recibió un visado de turista, pero en 1941 se le indicó que tenía que salir del país. Viajó a México y un año más tarde trató de volver a los Estados Unidos, pero fue detenido de nuevo en Tejas, siendo condenado a 15 meses de prisión. Después de su liberación, consiguió un pasaporte válido y se trasladó a Los Angeles para trabajar como asesor técnico de la Warner Bros. en la película Pasaje a Marsella.
En 1951 se trasladó a Lucerne Valley, California. Publicó un nuevo libro, y adquirió la ciudadanía estadounidense en 1956. Se casó ese mismo año y tuvo un hijo en 1957.
Allí mismo falleció en 1958, de un paro cardíaco. 
Para esta entrada, he consultado fundamentalmente el libro Guillotina Seca, adquirido hace muchos años en una edición del Círculo de Lectores.





 

jueves, 1 de enero de 2015

George Hogg, el periodista comprometido

En la educación de George Hogg, el tipo singular de hoy, ejerció una gran influencia su atípica familia materna. Devotos cristianos de creencias baptistas, daban gran importancia a la filantropía y los movimientos pacifistas. Una de las hermanas menores de su madre, Muriel Lester, fue una reconocida activista que recorrió el mundo dando charlas y organizando eventos sobre la paz mundial.
George, nacido en Londres en 1914, además de crecer imbuido por ese tipo de ideales, disfrutó de una educación exquisita. Primero, junto a su hermana Rosemary, en un colegio suizo, del que pasaron a St. George, cerca de Harrow, un destacado colegio privado británico con una característica inusual para la época: era mixto.
De allí pasó a Wadham College, una de las facultades de Oxford. En el verano de 1936, George recorrió Europa Central en autostop junto a sus compañeros de facultad.

Un año después, se graduó en la licenciatura conjunta de Filosofía, Políticas y Económicas (la misma carrera que estudió años más tarde, en la misma facultad, Bill Clinton).  Mientras le daba vueltas a su futuro, su tía Muriel Lester, íntima amiga de Ghandi y fiel seguidora de sus principios, le invitó a acompañarle en su próximo viaje a la India. Tenía que costearse el pasaje, y aprovechó para ello una pequeña herencia recibida. La primera escala fue en Nueva York, y decidió recorrer Estados Unidos haciendo autostop y reunirse con su tía en San Francisco. Una vez allí, partieron juntos hacia Japón.


En el país nipón, George aceptó una invitación para estudiar las cooperativas cristianas dirigidas por un doctor japonés, Tohohiko Kagawa, y se quedó en Japón mientras Muriel viajó a China. Su tía llegó a Shangai en febrero de 1938, y George llegaría sobre marzo. Fueron testigos de la ocupación japonesa de la ciudad, que provocaba un empeoramiento continuo de la situación: miles de refugiados, epidemias, escasez, etc...
Muriel prosiguió su viaje a la India, y volvió a Inglaterra pasando de nuevo por China, Japón y Estados Unidos, donde realizó un largo programa de conferencias en las que describió lo que había visto en China, denunció a los industrialistas y los magnates del petróleo que mantenían la maquinaria bélica japonesa y animó a las sociedades benéficas a enviar dinero y comida a China.
Mientras tanto, George permanecía en China. Como declararía su tía más tarde: "George no llevaría más de cinco días conmigo en China cuando me dijo, lo siento pero no podré acompañarte a la India. No puedo marcharme de China."


Quería empaparse de China, conocer la China real. Tenía que buscarse un trabajo, aprender el idioma y vivir con un sueldo pobre, al estilo chino. Consiguió hacer todo eso y mucho más. Fue encarcelado por los japoneses, puesto en libertad y vivió los bombardeos sobre la ciudad. A caballo, llegó a una base comunista, donde pronto enfermó de tifus y tuvo que ser trasladado a un hospital-cueva. Luego se unió a las Cooperativas Industriales Chinas. Las experiencias de George, los artículos que escribía, fueron publicados en el Manchester Guardian y en el suplemento literario de The Times. Al poco tiempo, fue nombrado director de una de las escuelas Baillie, que acogía a chicos de diferentes zonas de China para convertirles en personas autosuficientes y cooperativas, enseñándoles a trabajar con sus compañeros sin importarles clase social, religión o raza.
En la escuela de Shuangshipu instauró un horario que comenzaba con gimnasia y un baño diario en el río. Además de ir a clase, los chicos estaban divididos en grupos de trabajo que se encargaban de mejorar las instalaciones . Su tarea de director se combinaba con la de médico. "Más de la mitad de los estudiantes pensaban que era normal tener piojos", escribió George. Tuvo también casos de sarna, tracoma, disentería y malaria.
En su tiempo libre escribió un libro sobre el movimiento cooperativista. Consiguió sacar el libro de China y fue publicado por una editorial de Boston Little Brown, en 1944. Para entonces había adoptado a cuatro niños chinos: Lao Yi, Lao Er, Lao San y Lao Ssu. Tras seis años en China, estaba enamorado del país y de los chinos, pero desconfiaba de la nueva corriente de jóvenes intelectuales chinos que trataban con desprecio a los campesinos pobres y analfabetos. Según su opinión, "sólo los campesinos son honestos, porque son los únicos que sienten un vínculo para con la tierra que los vio nacer".
La guerra se acercaba. Un día un grupo de chavales llegó al colegio diciendo que la carretera de Paochi estaba llena de reclutas muertos, y cuando George preguntó de qué habían fallecido, el médico local le contestó: "De hambre".  
Se decidió que debían trasladar el colegio, para alejar a los escolares y los profesores de la guerra. Las tropas japonesas seguían avanzando, y George asumió el mando de la marcha: no solo tenía que trasladar a los estudiantes, sino también desmontar, embalar y transportar su preciada maquinaria y herramientas. Se llevaban un equipo de máquinas tricotoras llamado Ghosh para el que eran necesarios quince cajones enormes, un torno, un motor de camión, dos motores diesel pequeños y cuatro telares grandes. Dado que sólo tenían una carreta, tuvieron que construir más. Los escolares pusieron en práctica la formación recibida. A pesar de tener carretas y también camiones, se desplazaban muy lentamente. Les llevó cinco días atravesar 57 kms. por las montañas. "Era la peor época del año", escribió más tarde, "cruzamos las cimas de las montañas durante el invierno más frío desde hacía veinte años". El épico viaje, de cerca de 1.000 kms, les llevó casi cuatro meses.
Al llegar a Shandan, su destino, no tardaron en poner a punto tanto el colegio como la maquinaria, y George quedó muy contento con lo que encontró en el pueblo. Erigieron talleres y llegaron a un acuerdo con los habitantes de la aldea: el generador del colegio proporcionaría electricidad para todo el pueblo a cambio de carbón gratis.

 El colegio en la actualidad

Desgraciadamente, George no disfrutaría mucho de la nueva situación. Por lo visto, durante un partido de baloncesto se hizo una herida en el pie y contrajo el tétanos. Su sistema inmunológico estaba muy debilitado. Desde que llegó a China, había contraído la malaria, el tifus, la fiebre paratifoidea, el tracoma, la influenza y el ántrax. 
Falleció el 22 de Julio de 1945 y su tumba fue cavada por los estudiantes. Durante mucho tiempo, sus dos hijos adoptivos menores, Lao San y Lao Ssu, visitaban su tumba cada mañana y le llevaban la comida que más le gustaba. Allí permanece su sepultura, en la parcela del colegio de Shandan.
Conocí la historia de este tipo singular a través del film Los niños de Huang Shi, de Roger Spottiswood y protagonizada por Jonathan Rhys Meyers. No es una gran  película, y obviamente se permite muchas licencias, pero sirve para comprender la grandeza del personaje  y el mérito de la tarea llevada a cabo.
Para esta entrada, me he documentado fundamentalmente en la página https://bedia.files.wordpress.com.