domingo, 21 de diciembre de 2014

Alfonso Graña, rey de los jíbaros
  
A Ildefonso Graña Cortizo, más conocido como Alfonso Graña, le esperaba la típica vida del emigrante gallego en las Américas: duros años de trabajo y sacrificio con la remota esperanza de volver algún día al pueblo convertido en rico indiano. Ni en sueños podía imaginarse lo que el destino le deparaba. 
Nació en la parroquia orensana de Amiudal el 5 de marzo de 1878. Emigra a Brasil en fecha indeterminada a finales del siglo XIX, recalando en Belén de Pará. Poco después se traslada a Iquitos (Perú), donde está documentada su presencia en 1910, para trabajar como cauchero y buscador de oro. Aquí recala durante más de una década, y entabla amistad con otro inmigrante gallego y también tipo singular: Cesáreo Mosquera, propietario de la librería Amigos del País, lugar de reunión de la colonia española en Iquitos.
La crisis mundial del caucho en 1920 con el desplome de precios, termina con la prosperidad de Iquitos. Alrededor de 1922, Alfonso Graña se adentra río arriba en busca de nuevas oportunidades acompañado de un paisano. No está muy claro como contactó con los jíbaros. La versión más extendida cuenta que fueron atacados y su compañero murió asesinado. De forma sorprendente, Alfonso se salvó porque la hija del jefe se encaprichó con él.





Ya en la aldea natal, su familia era conocida como Los Chulos. Alto y delgado, Graña gustaba de vestir elegantemente y utilizaba gafas redondas que le daban aspecto intelectual. Esa apostura le salvó la vida y a la postre, le convirtió en rey al suceder a su suegro a la muerte de éste. Se sabe que tuvo dos hijos, una de la cuales, la mayor, murió con 10 años. 
Durante unos años, nada se supo de él. En la España republicana, el periodista Víctor de la Serna fue quien más contribuyó a dar a conocer la figura de Alfonso. Así comentaba el momento del reencuentro: "Al cabo de unos años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande, hacia el Pongo de Manseriche, vivía y mandaba un hombre blanco. Graña era el rey de la Amazonia. Y entonces un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una xangada con indios jíbaros, muchas mercancías y Graña. Lo reconocieron sus amigos, y, sobre todo, con doble alegría, Mosquera".  




A partir de ese momento, frecuentó las visitas a la ciudad una o dos veces al año. Aparecía con las balsas cargadas de carne curada, pescado salado, monos, venados, bueyes y tortugas, siempre rodeado de jíbaros que mostraban a las asombradas hijas de Mosquera las tzantzas o cabezas reducidas. Nadie sabía donde vivía exactamente, pero se movía en el entorno del Piongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas en canoa, río arriba, desde Iquitos. 

Pongo del Manseriche

Su autoridad en la zona era incuestionable. Cuando en 1926  la empresa petrolífera norteamericana Standard Oil quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del Amazonas, tuvo que pactar con Graña. Solo él podía evitar los ataques de las tribus, solo él podía proporcionarles víveres, y solo él conocía la ubicación de los supuestos pozos. 
Mientras tanto, Cesáreo Mosquera se entera por un artículo de Víctor de la Serna que el famosos aviador republicano Francisco Iglesias Brage está preparando en España una expedición al Amazonas con el apoyo del gobierno e intelectuales de la época como Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal y José Ortega y Gasset. Tanto Mosquera como Graña se convierten en entusiastas colaboradores del proyecto, estableciéndose una continua correspondencia con Iglesias Brage, en la que Mosquera cuenta todos los aspectos relacionados con la vida en la selva de Graña, desde las costumbres de los indios, fauna, forma de las embarcaciones, hasta las técnicas para la reducción de cabezas. En 1932, las Cortes elaboran una ley para dar impulso definitivo al proyecto, iniciando la construcción del Ártabro, un buque especialmente diseñado para tal fin. Desgraciadamente, el inicio de la guerra civil acabaría con el sueño de Iglesias Brage.

Cabezas reducidas por los jíbaros

En el año 1933 tiene lugar el suceso que terminaría por encumbrar a Alfonso Graña. Todo comienza cuando un avión de las Fuerzas Aéreas peruanas que combatía en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en la selva, falleciendo el piloto y quedando malherido el mecánico. Los jíbaros huambisas, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del mecánico. 
Toma entonces una decisión increíble. Embalsama el cadáver del piloto, ordena recoger los restos del hidriavión y los embarca junto al ataúd en una balsa construida al efecto. En otra, monta otro avión de la misma cuadrilla que también había sufrido desperfectos tras un amerizaje de emergencia. Y se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo del Manseriche.
Lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después aparece en Iquitos para entregar a la familia los restos del piloto fallecido. La familia, de gran alcurnia, contribuyó agradecida a que el Gobierno peruano reconociera oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro. Aquel piloto se llamaba Alfredo Rodríguez Ballón, y el aeropuerto de Arequipa lleva hoy su nombre.
Poco pudo disfrutar Alfonso Graña de su gloria. Se sabe que murió en 1934, a los 56 años, en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. En cuanto a Mosquera, que había regresado a España ese mismo año, se vio obligado a huir al estallar la guerra civil siendo como era republicano confeso. Regresó a Iquitos, donde falleció en 1955. Su librería se conserva en la actualidad, con el nombre cambiado. Se llama Tamara.
Para esta entrada, he consultado la Wikipedia y un artículo del periódico El País del año 2006.







lunes, 15 de diciembre de 2014

Poon Lim, el náufrago perfecto

Llama la atención que algunos tipos singulares llevaron una vida anodina hasta que, un suceso inesperado, unas circunstancias adversas, pusieron a prueba su extraordinaria capacidad para resolver situaciones aparentemente irresolubles. Esto nos lleva al viejo dilema, casi filosófico, sobre donde están nuestros límites o cual sería nuestra reacción en situaciones extremas. Supongo que no hay respuestas para ello, o en todo caso, la respuesta sería distinta para cada individuo.
Poon Lim, nuestro tipo de hoy, es un buen ejemplo de ello.  Nacido en 1917 en la isla de Hainan, en China, con 25 años se enrola en la tripulación del buque británico SS Ben Lomond, como segundo mayordomo en ruta desde Ciudad del Cabo hasta la Guayana Holandesa. Las malas condiciones metereológicas desviaron la ruta del buque hasta ser divisado por el submarino alemán U-172. 


El 23 de Noviembre de 1942, el mercante fue torpedeado y hundido a unas 750 millas al oeste del río Amazonas, en Brasil. Murieron 44 marineros, 8 tripulantes y el capitán. Poon Lim tuvo el tiempo justo de agarrarse a un salvavidas y después, nadar hasta una de las balsas de apoyo del Ben Lomond. Lo último que vio fue a 5 compañeros que se habían aferrado a un bote salvavidas ser capturados por los alemanes.
A partir de aquí comenzaría una odisea de 133 días que pondrían a prueba su capacidad de resistencia y su ingenio. La balsa, confecionada a base de listones de madera sobre bidones, contenía un pequeño kit de superviviencia con los siguientes elementos:
- Ocho latas de pequeñas galletas
- Un barril de agua de 20 litros
- 2 tabletas de chocolate
- Algunos terrones de azúcar
- Unas pocas bengalas, dos cuencos de aluminio y una linterna

 Recreación de la balsa
En la semana 2, divisó un avión por la noche. Disparó una bengala pero el avión pasó de largo. En la semana 4, tuvo un pequeño regalo en forma de una tela naval porbablemente resto del buque naufragado. Sin dudarlo, se lanzó al mar para poder capturarla. Le sirvió sobre todo para improvisar una especie de tienda de campaña que le protegiera de los rayos de sol que ya le estaban desgarrando la piel. Además, en un extremo de la tela venía atada una larga cuerda de cáñamo que utilizó para encadenarse a la balsa en los días de tormenta.
Según se le fueron acabando las provisiones, se aguzó su ingenio y fue desarrollando una colección de recursos que, a la postre, le servirían para sobrevivir. Para empezar, desmontó la inservible linterna y con una de sus piezas se fabricó un anzuelo. Con la cuerda de cáñamo como sedal, utilizó la última galleta como cebo. Capturó una pequeña sardina que a su vez sirvió de cebo para mayores capturas, y así sucesivamente. Con las tapas de los botes fabricó afilados cuchillos para destripar y limpiar los pescados y despegar los moluscos y lapas que se adherían a la balsa. Asimismo, funcionaban como cebo.
Una tarde, se adentró en un banco de peces tal que llenó la balsa literalmente de pescados. Puso a secar el pescado ya limpio, separando las vísceras, tripas y sangre en un rincón de la balsa. Tanto amontonó que la putrefacción consiguiente le obligó a deshacerse de las vísceras. Uno de los pocos errores que cometió, ya que provocó la llegada de una legión de tiburones que estuvieron rondando varios días, lo que espantó toda posible pesca, con la consiguiente crisis de hambruna, la más grave de la travesía.
Pero no se arredró. Sabía cual era la solución: pescar un tiburón. Con uno de los clavos de la estructura de la balsa, se ingenió un anzuelo más grande y resistente. La última cabeza de pescado le sirvió de cebo. Nada más lanzar el sedal, un tiburón de 1 metro mordió el anzuelo y de un tirón seco lo subió "a bordo".  Terminó con las tripas enlatadas, las aletas a secar y como refresco se preparó la sangre del hígado.
Tuvo otra crisis grave de deshidratación. Una vez acabada la garrafa inicial, Poon utilizó el doble forro de su chaqueta a modo de embudo con un peso y un agujero para conducir al interior de la garrafa el agua de lluvia. Hasta la semana 10, el ritmo de lluvias fue constante, pero después de una gran tormenta que acabó con sus reservas sólidas y líquidas, sobrevino una gran sequía que desencadenó la deshidratación. 
Pero de nuevo dió muestras de su ingenio. Observó como las gaviotas y los albatros merodeaban alrededor de la balsa, atraídos por la podredumbre. Recopiló algas y plantas marinas del fondo y las colocó a modo de nido de pájaro para atraer a las aves  mientras esperaba agazapado y oculto con los restos de la tela. En el momento que un albatros se posó en el nido, Poon se abalanzó sobre él, le cortó el cuello a dentelladas y chupó su sangre y se alimentó de sus carnes. Pronto volvió el ritmo regular de lluvias y pudo sobreponerse a esta crisis.
Una mañana de su semana 15, fue despertado por un fuerte silbato. Un inmenso carguero se aproximó a 50 metros de su balsa. Según declararía Poon más adelante, alguien se percató de su condición de chino antes de girar el buque y perderse en el horizonte.
En el colmo de la mala suerte, unos días antes había sido divisado por un escuadrón de cazas norteamericano, e incluso lanzaron una boya de señalización, pero una inoportuna tormenta les obligó a retirarse y se volvió a perder en la inmensidad del océano.
Sobre el día 130, observó que cambiaba el color del agua, lo que le dió nuevas esperanzas. Además, volaban muchos más pájaros y flotaban más algas. 
En la mañana del 5 de Abril de 1943, día 133, fue avistado por un pequeño barco pesquero. Le recogieron y permanecieron con él en el mar tres días más, ya que no podían volver sin capturas. Después se dirigieron al oeste de Belem, en la desembocadura del Amazonas. Había recorrido en su balsa 1200 km.


Pasó varias semanas recluido en un hospital de Brasil, antes de viajar a Nueva York donde fue recibido con todos los honores. El rey Jorge VI le concedió la medalla del Imperio Británico. Una vez obtenido un visado de inmigración gracias a la mediación del senador Warren Magnuson, se estableció definitivamente en Nueva York con hijos y nietos y murió en Brooklyn el 4 de Enero de 1991.
Aunque he consultado varias fuentes, la base del relato la he obtenido de la fantástica página www.kurioso.es.



 


 

domingo, 14 de diciembre de 2014

John Colter, el multiaventura

John Colter es el arquetipo de aventurero del salvaje Oeste que tanto nos fascinaba en nuestra infancia. Trampero, explorador, guía y comerciante de pieles, nació en 1774. Podría haber pasado a la historia como miembro de la expedición de Lewis y Clark (1804-1806), primera terrestre que, partiendo del este de los Estados Unidos, llegó hasta las costas del Pacífico y regresó. Colter tuvo una destacada participación, como avezado cazador que era, pero también porque contribuyó a encontrar el paso a través de las Montañas Rocosas y estableció los primeros contactos con los miembros de la tribu nez percé, que les proporcionarían valiosos detalles sobre orografía a fin de seguir internándose hacia el oeste.


A la finalización de esta expedición, se adentró en solitario en el invierno de 1807-1808 en la zona que ahora integra el Parque Nacional de Yellowstone, siendo la primera persona de ascendencia europea en hacerlo. Pasó meses solo en zonas vírgenes, en pleno invierno, en zonas donde las temperaturas con frecuencia bajaban de -30º. Su exploración abarcó lo que más tarde se convertiría en el estado de Wyoming.


En 1808, junto a su socio John Potts, fue herido combatiendo a los indios pies negros cuando llevaban a un grupo de indios crows a Fort Raymond. Y al año siguiente ocurrió el episodio por el que se hizo más famoso. Iban remontando en canoa el río Jefferson cuando se encontraron con varios cientos de indios pies negros que les exigían que se acercaran a la ribera. Colter obedeció, y al llegar fue desarmado y desnudado. Potts sin embargo, se negó a ello, disparando a uno de los indios, muriendo después acribillado. Tras un consejo tribal, a Colter se le permitió huir corriendo desnudo, con una pequeña ventaja sobre los jovenes guerreros. Corredor veloz, tras varias millas estaba exhausto, pero con una importante ventaja sobre el grupo, excepto con un guerrero que aún permanecía cerca de él. Decidió enfrentarse, y consiguió arrebatarle su lanza y matarle. Se quedó con la manta del indio y prosiguió su carrera, hasta que llegó al río Madison,  a unos ocho km de su partida, donde pudo esconderse en una madriguera de castores para despistar a sus perseguidores. Salió de su escondite por la noche y durante once días, prosiguió su huida hasta que consiguió llegar al fuerte de un comerciante en el río Little Big Horn. 


En 1810, cuando regresaba de recoger pieles, fue informado del asesinato de dos compañeros por los pies negros. Eso le hizo tomar la decisión de abandonar esa vida y regresar a San Louis a finales de 1810. Allí se casó con una mujer llamada Sallie y se compró una granja en Misuri. En la guerra anglo-estadounidense de 1812, se alistó y luchó con los rangers de Nathan Boone. 
No se sabe muy bien cuando murió ni la causa exacta de su muerte. Algunas fuentes hablan de 1812, y otras de 1813. 
Su peripecia inspiró la película de 1966 del director Cornel Wilde, The Naked Prey (La presa desnuda). Asimismo, muchos lugares en el noroeste de Wyoming se han nombrado en su honor, como Colter Bay en el lago Jackson y el pico Colter en las montañas de Absaroka.  
Fuente: Wikipedia