A Ildefonso Graña Cortizo, más conocido como Alfonso Graña, le esperaba la típica vida del emigrante gallego en las Américas: duros años de trabajo y sacrificio con la remota esperanza de volver algún día al pueblo convertido en rico indiano. Ni en sueños podía imaginarse lo que el destino le deparaba.
Nació en la parroquia orensana de Amiudal el 5 de marzo de 1878. Emigra a Brasil en fecha indeterminada a finales del siglo XIX, recalando en Belén de Pará. Poco después se traslada a Iquitos (Perú), donde está documentada su presencia en 1910, para trabajar como cauchero y buscador de oro. Aquí recala durante más de una década, y entabla amistad con otro inmigrante gallego y también tipo singular: Cesáreo Mosquera, propietario de la librería Amigos del País, lugar de reunión de la colonia española en Iquitos.
La crisis mundial del caucho en 1920 con el desplome de precios, termina con la prosperidad de Iquitos. Alrededor de 1922, Alfonso Graña se adentra río arriba en busca de nuevas oportunidades acompañado de un paisano. No está muy claro como contactó con los jíbaros. La versión más extendida cuenta que fueron atacados y su compañero murió asesinado. De forma sorprendente, Alfonso se salvó porque la hija del jefe se encaprichó con él.
Ya en la aldea natal, su familia era conocida como Los Chulos. Alto y delgado, Graña gustaba de vestir elegantemente y utilizaba gafas redondas que le daban aspecto intelectual. Esa apostura le salvó la vida y a la postre, le convirtió en rey al suceder a su suegro a la muerte de éste. Se sabe que tuvo dos hijos, una de la cuales, la mayor, murió con 10 años.
Ya en la aldea natal, su familia era conocida como Los Chulos. Alto y delgado, Graña gustaba de vestir elegantemente y utilizaba gafas redondas que le daban aspecto intelectual. Esa apostura le salvó la vida y a la postre, le convirtió en rey al suceder a su suegro a la muerte de éste. Se sabe que tuvo dos hijos, una de la cuales, la mayor, murió con 10 años.
Durante unos años, nada se supo de él. En la España republicana, el periodista Víctor de la Serna fue quien más contribuyó a dar a conocer la figura de Alfonso. Así comentaba el momento del reencuentro: "Al cabo de unos años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande, hacia el Pongo de Manseriche, vivía y mandaba un hombre blanco. Graña era el rey de la Amazonia. Y entonces un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una xangada con indios jíbaros, muchas mercancías y Graña. Lo reconocieron sus amigos, y, sobre todo, con doble alegría, Mosquera".
A partir de ese momento, frecuentó las visitas a la ciudad una o dos veces al año. Aparecía con las balsas cargadas de carne curada, pescado salado, monos, venados, bueyes y tortugas, siempre rodeado de jíbaros que mostraban a las asombradas hijas de Mosquera las tzantzas o cabezas reducidas. Nadie sabía donde vivía exactamente, pero se movía en el entorno del Piongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas en canoa, río arriba, desde Iquitos.
Su autoridad en la zona era incuestionable. Cuando en 1926 la empresa petrolífera norteamericana Standard Oil quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del Amazonas, tuvo que pactar con Graña. Solo él podía evitar los ataques de las tribus, solo él podía proporcionarles víveres, y solo él conocía la ubicación de los supuestos pozos.
Mientras tanto, Cesáreo Mosquera se entera por un artículo de Víctor de la Serna que el famosos aviador republicano Francisco Iglesias Brage está preparando en España una expedición al Amazonas con el apoyo del gobierno e intelectuales de la época como Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal y José Ortega y Gasset. Tanto Mosquera como Graña se convierten en entusiastas colaboradores del proyecto, estableciéndose una continua correspondencia con Iglesias Brage, en la que Mosquera cuenta todos los aspectos relacionados con la vida en la selva de Graña, desde las costumbres de los indios, fauna, forma de las embarcaciones, hasta las técnicas para la reducción de cabezas. En 1932, las Cortes elaboran una ley para dar impulso definitivo al proyecto, iniciando la construcción del Ártabro, un buque especialmente diseñado para tal fin. Desgraciadamente, el inicio de la guerra civil acabaría con el sueño de Iglesias Brage.
En el año 1933 tiene lugar el suceso que terminaría por encumbrar a Alfonso Graña. Todo comienza cuando un avión de las Fuerzas Aéreas peruanas que combatía en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en la selva, falleciendo el piloto y quedando malherido el mecánico. Los jíbaros huambisas, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del mecánico.
Toma entonces una decisión increíble. Embalsama el cadáver del piloto, ordena recoger los restos del hidriavión y los embarca junto al ataúd en una balsa construida al efecto. En otra, monta otro avión de la misma cuadrilla que también había sufrido desperfectos tras un amerizaje de emergencia. Y se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo del Manseriche.
Lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después aparece en Iquitos para entregar a la familia los restos del piloto fallecido. La familia, de gran alcurnia, contribuyó agradecida a que el Gobierno peruano reconociera oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro. Aquel piloto se llamaba Alfredo Rodríguez Ballón, y el aeropuerto de Arequipa lleva hoy su nombre.
Poco pudo disfrutar Alfonso Graña de su gloria. Se sabe que murió en 1934, a los 56 años, en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. En cuanto a Mosquera, que había regresado a España ese mismo año, se vio obligado a huir al estallar la guerra civil siendo como era republicano confeso. Regresó a Iquitos, donde falleció en 1955. Su librería se conserva en la actualidad, con el nombre cambiado. Se llama Tamara.
Para esta entrada, he consultado la Wikipedia y un artículo del periódico El País del año 2006.
A partir de ese momento, frecuentó las visitas a la ciudad una o dos veces al año. Aparecía con las balsas cargadas de carne curada, pescado salado, monos, venados, bueyes y tortugas, siempre rodeado de jíbaros que mostraban a las asombradas hijas de Mosquera las tzantzas o cabezas reducidas. Nadie sabía donde vivía exactamente, pero se movía en el entorno del Piongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas en canoa, río arriba, desde Iquitos.
Pongo del Manseriche
Su autoridad en la zona era incuestionable. Cuando en 1926 la empresa petrolífera norteamericana Standard Oil quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del Amazonas, tuvo que pactar con Graña. Solo él podía evitar los ataques de las tribus, solo él podía proporcionarles víveres, y solo él conocía la ubicación de los supuestos pozos.
Mientras tanto, Cesáreo Mosquera se entera por un artículo de Víctor de la Serna que el famosos aviador republicano Francisco Iglesias Brage está preparando en España una expedición al Amazonas con el apoyo del gobierno e intelectuales de la época como Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal y José Ortega y Gasset. Tanto Mosquera como Graña se convierten en entusiastas colaboradores del proyecto, estableciéndose una continua correspondencia con Iglesias Brage, en la que Mosquera cuenta todos los aspectos relacionados con la vida en la selva de Graña, desde las costumbres de los indios, fauna, forma de las embarcaciones, hasta las técnicas para la reducción de cabezas. En 1932, las Cortes elaboran una ley para dar impulso definitivo al proyecto, iniciando la construcción del Ártabro, un buque especialmente diseñado para tal fin. Desgraciadamente, el inicio de la guerra civil acabaría con el sueño de Iglesias Brage.
Cabezas reducidas por los jíbaros
En el año 1933 tiene lugar el suceso que terminaría por encumbrar a Alfonso Graña. Todo comienza cuando un avión de las Fuerzas Aéreas peruanas que combatía en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en la selva, falleciendo el piloto y quedando malherido el mecánico. Los jíbaros huambisas, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del mecánico.
Toma entonces una decisión increíble. Embalsama el cadáver del piloto, ordena recoger los restos del hidriavión y los embarca junto al ataúd en una balsa construida al efecto. En otra, monta otro avión de la misma cuadrilla que también había sufrido desperfectos tras un amerizaje de emergencia. Y se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo del Manseriche.
Lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después aparece en Iquitos para entregar a la familia los restos del piloto fallecido. La familia, de gran alcurnia, contribuyó agradecida a que el Gobierno peruano reconociera oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro. Aquel piloto se llamaba Alfredo Rodríguez Ballón, y el aeropuerto de Arequipa lleva hoy su nombre.
Poco pudo disfrutar Alfonso Graña de su gloria. Se sabe que murió en 1934, a los 56 años, en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. En cuanto a Mosquera, que había regresado a España ese mismo año, se vio obligado a huir al estallar la guerra civil siendo como era republicano confeso. Regresó a Iquitos, donde falleció en 1955. Su librería se conserva en la actualidad, con el nombre cambiado. Se llama Tamara.
Para esta entrada, he consultado la Wikipedia y un artículo del periódico El País del año 2006.




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